martes, 27 de diciembre de 2011

El teatro secreto de la historia

Txt Javier Garatt / Ilus Matías Fernández Schmidt

El 2 de abril de 1982 arrancó otro de esos episodios abyectos que tanto caracterizan la historia de los hombres. Tuvo lugar, aquel día oscuro, el comienzo de la guerra por las Islas Malvinas. Poco tiempo después, antes de su fi nal y de que todos sepan que se venían el fracaso bélico, las elecciones, la tan ansiada democracia y el agotamiento del modelo económico impuesto a través de los militares, Fogwill empezó y terminó Los pichiciegos. En dos días y medio –y con la ayuda de doce gramos de cocaína- realizó un experimento mental cruzando su experiencia en la colimba, sus conocimientos sobre el frío y el Mar del Sur adquiridos navegando y sus observaciones sobre los jóvenes de aquella época. El fruto fue el relato más realista sobre guerra en la isla, a pesar de no ser “realista” en términos de corrientes estéticas.

“El día que empezó la guerra (la de Malvinas), dije: “Esto termina con una elección”. Más aún, un año antes, yo había  publicado un cuento —malo, ponele que malo—, que fue Música japonesa; era un costumbrismo argentino, la historia de un jubilado viejo que va al hospital, que odia a los radicales mientras se dice que van a volver al gobierno. Bueno, ahí yo ya estaba viendo las reuniones que Viola tenía con (Raúl) Alfonsín. Usé la literatura como buzón. Como en otro libro, también usé el buzón en la guerra sucia. Yo deposito en clave un montón de datitos, para que vean que yo me avivé y que todos los demás son unos pelotudos. Es la venganza del tipo que entiende. Y esos datitos tienen un valor literario, obviamente, ¿no?”
Entrevista realizada por Martín Kohan a Fogwill para Revista Ñ, 26/03/2006

Este detalle –el haber construido un relato sobre la guerra a partir de retazos de otros conocimientos– que Fogwill comenta en la entrevista realizada por Kohan, llama la atención sobre algunas cuestiones: ¿Por qué una novela que no apuesta al realismo tiene más vida -y es más escalofriante que los relatos de los propios sobrevivientes? ¿Qué operación misteriosa tiene lugar en la creación del lenguaje, en la imaginación, en el arte? 

Escrita durante el calor de las armas pero lejos de ellas, Los pichiciegos narra con precisión etnográfica la vida en tribu de un puñado de desertores del ejército argentino quienes, para sobrevivir, deben permanecer bajo tierra y trafi car datos, saberes, espionaje, pilas, cigarrillos y comida con los ingleses. La traición no es una fi gura presente pues estos seres se mueven en la sombra de lo que fueron, en la suspensión de los valores que rigen la vida en sociedad. Mientras que en el continente se buscaba re-construir la unidad nacional a partir de un relato cuasi mítico, en la isla lo primero que muere es, precisamente, ese lazo nacional. El único lazo posible es el de la tribu, donde el único valor vigente es el de la supervivencia, el del plano material de las cosas y su funcionalidad.

La novela de Fogwill piensa el orden traumático de las cosas. Recrea un punto ciego de la historia. Un vórtice escondido, oculto y oscuro, inenarrable desde lo verídico y a partir del cual se organizaron los demás relatos nacionales, teniendo a este vacío como principio organizador. Un punto de exclusión a través del cual el orden social se revitaliza. Un punto de perturbación fundante de la sociedad ¿Qué son, si no, los suicidios de cuatrocientos excombatientes? Una respuesta posible es que son los fantasmas que no pudieron narrar o representar la realidad terrorífica de aquello que vivieron. Ese episodio que precisamente, por permanecer en la sombras, deja sus trazos en todos los planos de sus vidas. ¿Habrán encontrado el lugar para su historia? ¿Se lo habrá cedido el relato nacional que precisaba héroes y no jóvenes muertos de miedo? 

El lenguaje y la imaginación le permiten a Fogwill construir una trama más real que la verdad. Recrea el teatro secreto de la historia. Aquel que debe permanecer tras bambalinas para que el otro teatro, el del afianzamiento del nacionalismo, siga funcionando. La experiencia de Malvinas es una exclusión fundante y fundamental para la afirmación del sentir nacional de los que estaban en el continente. Los que rodeaban el vórtice en el ciclón imparable del relato nacional. Para los que permanecían en sus casas, viendo la guerra por TV, escuchándola por radio, sintiendo relatos de heroicos quehaceres diarios de jóvenes muertos de hambre y frío. Sintiéndolo todos juntos, como nación, festejando con cada barco hundido. A la comedia de la guerra, Fogwill opuso su tragedia.

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